//by Damelys María Martínez Rosillo
La paz es la respuesta a los pensamientos de gratitud, honestidad y de los valores excelentes que han sido interiorizados desde la niñez y que se han arraigado en los hechos que se hacen diariamente.
Del mismo modo, se argumenta quién ha vivido en guerras y contiendas es poseedor de un carácter belicoso, se ha nutrido de desamores, de traumas, de dolor, desaliento, pero en la medida que seamos aceptados por el otro y seamos llenos de amor, de los principios humanos- cristianos, de los grandes valores universales y del respeto hacia la persona, se va limpiando el alma, el espíritu y se cimienta la base sólida del único sentimiento que cambia a las personas, el amor.
Asimismo, se afirma que a pesar de los grandes avances tecnológicos, y del dominio del hombre por el espacio aéreo, acuático y terrestre, la única respuesta a ese estado de paz que deben poseer todas las personas para que haya una verdadera respuesta interior, es creer firmemente en el Señor Jesús, el camino que produce una paz que sobrepasa todo entendimiento.
Al conocer del Señor Jesús se manifiesta un cambio radical en la vida del creyente, y en la medida que lee la palabra y es instruido en la sana doctrina de la fe, entonces internaliza que Jesús es el camino, y la verdad y la vida. (Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Juan 14: 6).
Del mismo modo, la vida va cambiando y el semblante del creyente va embelleciendo y su rostro se torna hermoso como el rostro del Señor.
Entonces, se puede hablar de paz, se evitan las contiendas, y aunque las hayan, el Espíritu Santo, redarguye el comportamiento negativo y lo transforma en positivo.
En definitiva, hablar de paz, solo se puede cuando hay una verdadera transformación en nuestras vidas, es sacar todo el rencor y el odio desde adentro, de la más profunda amargura concebida, es sacar el trauma vivido en el pasado para limpiar el corazón y sanar esas dolencias que han hecho tanto daño a las familias, a las generaciones.
